Articulo publicado en la revista BAMDQ

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Uno de los desafíos que nos impone la vida moderna es el manejo de nuestros impulsos, ese automatismo que hace que actuemos sin reflexionar, sin considerar distintas opciones, o bien esa tentación de privilegiar el placer inmediato. Es por eso que consideramos que la principal habilidad de la Inteligencia Emocional (IE) es el control del impulso, directamente emparentado con la postergación de la gratificación. Esta capacidad es visible, medible en la primera etapa de la vida, tiene consecuencias importantes para la salud física y mental de las personas, y se puede aumentar mediante estrategias específicas.

El psicólogo norteamericano Walter Mischel realizó estudios sobre un numeroso grupo de niños en la década del 60. Concluyó que quienes se habían resistido a sus impulsos y postergaron la gratificación inmediata, luego tuvieron más éxito académico y social. También quedó demostrado que esas personas con mayor fuerza de voluntad, en su adultez eran más saludables y tenían una vida más satisfactoria. Por lo tanto, se vio que había algo más poderoso que el coeficiente intelectual (CI) que predecía una mejor calidad de vida.

Tener brillo intelectual no garantiza tanto una buena vida como lo es tener estas aptitudes de autocontrol emocional, y no necesariamente ambas van de la mano. Se ve claramente como esta capacidad clave para la IE hace que esta inteligencia sea considerada una meta habilidad, ya que su presencia potenciará nuestras demás aptitudes, no solo intelectuales sino de todo tipo, y su ausencia hará que no podamos desarrollar nuestros potenciales.

Esta cualidad nos permite no sólo tener éxito ante tentaciones cotidianas: también los lleva a perseverar para llegar a metas importantes a largo plazo. Permanentemente nos enfrentamos a este tipo de decisiones. El desafío que significa para un niño resistirse por unos minutos a comer una golosina (con la promesa de obtener dos como premio) se repite innumerables veces en nuestra vida, de diversas formas. Puede ser  el dilema de una adolescente entre ir a la fiesta esta noche, o estudiar para el examen del lunes. Y para un adulto,  la elección entre comprarse una prenda que ve en una vidriera, o  ahorrar para un viaje; o el esfuerzo de un atleta para entrenarse y progresar en un deporte, dejando la comodidad de la tele y el descanso.

En nuestro cerebro funcionan dos sistemas que toman el mando alternativamente: un sistema caliente y un sistema frío. El sistema caliente opera automáticamente y de manera casi siempre inconsciente, es reflejo, simple y genera una acción impulsiva. Este sistema es acentuado por el estrés agudo, y es muy efectivo para solucionar cierto tipo de cuestiones que pueden poner en riesgo nuestra integridad física: nos puede salvar de un peligro inminente. El sistema frío en cambio, es cognitivo, complejo, reflexivo y más lento de activar. El sistema caliente tiende a activarse también ante ciertos estímulos que nos provocan placer inmediato, aunque no sean saludables o aconsejables, y también cuando las amenazas no son más que imaginadas o exageradas, cosa que sucede frecuentemente en las interacciones sociales. El gran desafío es entonces que predomine nuestra parte más reflexiva (el sistema frío) cuando la situación merece reflexión, cuando la prisa es mala consejera. De eso se trata gran parte del autocontrol emocional.

En la próxima nota seguiremos ampliaremos este tema.

El material de la presente nota ha sido extraído del libro “Las claves del equilibrio emocional” de Editorial Dunken (2018).

Autor: Oscar Hernando

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